Ayer por la noche salí a cenar. Pero no fue una cena como de costumbre. Fue en “Dans le Noir”. Tenía ganas de probar la experiencia desde que escuche que se había inaugurado el restaurante en Barcelona. No fue fácil encontrar a alguien que quisiera acompañarme en la aventura. Mucha gente, ante esta propuesta, se niega absolutamente. No entiendo a qué tienen miedo y además me resulta curiosa esa negativa, pero en fin, igual soy yo la inconsciente que se apunta a un bombardeo.
Y como no, fuí con Núria, mi incondicional colega de aventuras de todo tipo (otra encantadora inconsciente como yo) y otras dos osadas que se apuntaron a última hora.

Se trata de un experimento de los sentidos.
Nada más llegar debes dejar en una taquilla tus pertenencias además del reloj de pulsera. Con ello tratan de evitar cualquier fuente de luz dentro de la sala donde tiene lugar la comida.
A continuación le es asignada a cada mesa un camarero (todos son ciegos) que será tus ojos mientras estés allí. A partir del momento en que cruzas la cortina y entras en lo desconocido con la mano en el hombro de quien va delante, ante ti solo hay oscuridad, pero oscuridad absoluta, negra nit, como decimos los catalanes. No hay ninguna rendija de luz, ningún reflejo, TODO ES ABSOLUTAMENTE NEGRO y hay que superar el amago de angustia que provoca la sensación, completamente inédita, de la oscuridad completa, sin resquicios ni esperanza. Te sientes en las manos de tu guía y pierdes la noción del espacio totalmente. Te dejas conducir, qué remedio! Él te guía hasta tu sitio y te señala donde tienes la silla, te explica como está dispuesta la mesa y lo que debes hacer a continuación. Se aprende tu nombre y te llama por él cuando quiere indicarte algo.
El menú es sorpresa. Cuando te sirven el primer plato te explica la distribución que encontrarás en él pero sin indicarte los productos que lo componen. Debes estimular los otros sentidos para que a través de los aromas, las texturas y el gusto sepas qué es lo que estas comiendo. Hay sabores muy claros, pero otros que no sabes a que corresponden. Entonces eres plenamente consciente de que realmente en muchas ocasiones comes con la vista. Y también de que comes con cubiertos y allí es imposible. De forma espontánea todos vamos directamente a palpar la comida que nos han servido y que mejor cubierto que los cinco dedos de la mano. Entre los comensales empieza el concurso de adivinar que te has metido en la boca. La comida, obviamente ya está elegida para que pueda ser fácilmente comida de esta manera, no hay líquidos, ni salsas, ni demasiados pringues. Las cremas vienen servidas en unos vasitos, dentro del plato, con una cucharilla para tomarlas. La carne viene cortada en trozos que puedes también comer si utilizar cuchillo ni marranear demasiado, pero evidentemente, lo primero que tienes que hacer cuando has acabado es pasar por el lavabo a lavar las manos.
Hay diferentes reacciones ante todo esto. El primer momento de oscuridad te acojona. Después te vas acostumbrando. Hay quien no puede mantener los ojos abiertos con tanta negrura. Hay quien tiene la sensación de ver reflejos en determinados rincones. La verdad es que te sientes arropado por tu camarero que te explica y te ayuda en lo que necesitas. Se oye bastante ruido porque no se por qué regla de tres, cuando no te ves, levantas más la voz. Y eso en una sala con 40 personas, se nota. No mides las distancias ni con tus compañeros de mesa, tienes sensación de lejanía y no te ubicas en el local. No puedes levantarte para nada si no es acompañado por tu guía, podría ser peligroso. Notas las presencias. Es decir, sabes a quien tienes a tu lado porque los has visto antes de entrar pero cuando algún camarero se acerca o si el tuyo lo tienes cerca, lo notas aunque no lo veas ni lo oigas.
Un sinfín de pensamientos recorren tu mente, o por lo menos pasó en la mía, pensando en las personas que siempre lo “ven” todo así. Este es el otro objetivo, además del de ganar dinero, naturalmente, que tienen estos restaurantes, el de sensibilizar a la gente respecto a las personas ciegas. En todo un mundo, un mundo distinto, un mundo sin color, un mundo más rico en otras percepciones…
La aventura termina en el momento de los cafés que son servidos en la cafetería de la entrada y donde te muestran lo que has comido y te explican algunos porqués que puedan haber surgido.
El trato es totalmente personalizado, el personal muy amable y servicial, la comida, para mi gusto podría mejorarse, el precio elevado (aunque se disculpa porque parece ser que un 10% de los beneficios son donados a asociaciones de ciegos), la experiencia en definitiva muy grata.
No obstante, una experiencia muy diferente a como un día la imaginé. Aunque seguro que alguna cosa se podría hacer al respecto…